La Luz Interior


Es la luz en la Sagrada Escritura símbolo de fuerza y de plenitud, de comunicación y de vida; ya en sus primeras páginas Dijo Dios: «Haya luz» y hubo luz (Gn 1,3) y en las finales: Ya no habrá noche; no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz de sol; porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos. (Apoc 22,5).

El Nuevo Testamento vincula la luz a la palabra y a la vida, a la verdad y al amor. Es Jesús una Luz de la altura (Lc 1,78), que de sí mismo afirma: Yo soy la luz del mundo; quien me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida. (Jn 8,12). Es Jesús luz enviada por el Padre que, en sí mismo, también es luz: Dios es luz; en él no hay tiniebla alguna. (1Jn 1,5b). En consecuencia, Jesús declara a sus seguidores: Vosotros sois la luz del mundo. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. (Mt 5,14a.16). Con este brevísimo trasfondo del sentido y alcance bíblicos de la luz entramos en el radiante y graduado espacio luminoso del templo.

En ambiente diáfano…

Colocándonos al pie de la nave central y abriendo nuestra mirada nos acoge y sobrecoge la luminosidad del templo catedralicio: en una atmósfera resueltamente blanca los primeros acordes áureos y verticales de los órganos y la plenitud —dorada y cálida— de la capilla mayor coronada por la luz polícroma de las vidrieras y por su gran bóveda con intenso azul desbordante de estrellas trazadas en oro. En todo el recinto, la luz natural blanca, descendiendo desde los altos ventanales, logra un sereno ambiente diáfano envolviendo naves y pilastras llegando hasta el pavimento —grandes losas blancas contrastadas con negras— en suave gradación. La luz difundida y extendida por la blancura interior es un importante elemento simbólico del templo catedralicio.

…y en blancura evocadora

La blancura del conjunto —cuerpo basilical y girola— responde a la intención de Siloe de presentar el recinto interior bien iluminado. En la actualidad más de la mitad de las ventanas de los muros perimetrales están cegadas; igualmente, falta la iluminación a través de la cúpula-linterna prevista por Siloe para el centro del crucero secundario y que no llegó a terminarse siendo sustituida por una bóveda. Pretendía Siloe una luminosidad desbordante donde acontecería la celebración eucarística. El blanco elegido por Siloe para el interior del templo responde a diversos motivos: higiénicos, estéticos y simbólicos. Ante todo, el encalado interior fue utilizado en diversos periodos, entre ellos durante el Renacimiento, por sus claras ventajas para la limpieza y aseo de los recintos (motivo higiénico).

Además, los diversos materiales para la construcción (ladrillo, piedra, argamasa, mortero…) tenían que presentar un aspecto homogéneo. Al parecer, Siloe tuvo la clara intención de aplicar la capa de lechada de cal para unificar artísticamente los diversos colores y texturas de los materiales empleados (motivo estético). Por último, el motivo simbólico: los interiores blancos tenían, además, un valor simbólico durante el Renacimiento. «Los muros deben dejarse blancos o estucados porque con esa pureza es el color más apropiado para una iglesia y no se deben pintar porque esa expresión (esto es, la pureza) pertenece al espíritu de las cosas divinas.» (R. Gil de Hontañón, arquitecto español del XVI). Para los contemporáneos de Siloe esta blancura estaba cargada de significados espirituales.
Blancos, grises, dorados.

El contraste cromático y…

En esta luz blanca envolvente destacan los contrastes decorativos de color —capiteles, frisos, molduras— dorados en la rotonda y grises en la girola. Y la luz coloreada a través de las vidrieras tiñendo suavemente las superficies blancas y doradas. Con este referente a la luz interior admiramos y reconocemos los diversos elementos arquitectónicos del templo. Por ejemplo, el contraste entre la blancura de los pilares y bóvedas de las cinco naves basilicales —ambiente transparente y blanco— y los tonos dorados y policromados de la capilla mayor, recinto recogido, velado y coloreado. La blancura de bóvedas y pilares, un detalle más, pertenece a un código cromático que se complementa y contrasta con el ajedrezado oblicuo del pavimento del templo.

…el lenguaje de la luz

Los dos grandes programas de las vidrieras —renacentista uno, presente en la capilla mayor (24 vidrieras) y en la girola (18); otro, en el hastial de poniente (9 vidrieras) en un lenguaje goticista moderado— crean ambientes de color complementarios. Junto a la diafanidad del recinto, la blancura evocadora, el contraste en coloridos, el lenguaje de la luz. Gracias a las vidrieras, la muy peculiar luz natural de Granada es transformada cromáticamente.

Distribuidas principalmente en la capilla mayor, en la girola y en el hastial de poniente, las vidrieras, al mismo tiempo que plasman escenas de la historia de la salvación, contribuyen a la creación del espacio sagrado con una luminosidad distinta de la luz natural. Un ambiente donde la comunidad orante experimenta la luz de la vida.