Pues yo voy al Padre


Tras su vida en familia, tras su presencia por ciudades, pueblos y aldeas de Palestina, Jesús anhela volver al Padre. Decidido, escoge el momento de donar su vida en confirmación de cuanto ha dicho y hecho.

«La noche en que Jesús fue entregado»

(1Cor 11,23b) El programa iconográfico de la capilla mayor, dentro del curso de la historia de la salvación, nos va presentado ahora momentos claves y decisivos de la vida de Jesús; se aproxima ya el suceso central de su vida: su pascua mediante la que pasa por la muerte en cruz a la resurrección para que el pueblo elegido pasase de las tinieblas a la luz.

Para subrayar este momento escoge Jesús como marco ritual e histórico el gran acontecimiento judío: la pascua que festeja el día de la salida del pueblo elegido de Egipto, día memorable, celebrado como fiesta para siempre en honor de Yahvéh, de generación en generación; día en el que el pueblo hebreo empieza a salir de la esclavitud y se encamina hacia la liberación de la tierra prometida. En este recuerdo va Jesús a sorprender a los Doce —apóstoles y amigos— con dos hechos inesperados: El lavatorio de los pies y La última cena o La institución de la Eucaristía, dos momentos de un atardecer, plasmados por Teodoro de Holanda en dos de las vidrieras del segundo cuerpo.

El mismo Jesús explica a sus apóstoles y amigos el sentido de los dos hechos. Con el primero —Jesús lava y seca los pies de los discípulos— marca una actitud a cumplir por cuantos deseen seguirle: Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. Con el segundo hecho —Jesús instituye la Eucaristía— concreta la unidad de los creyentes: un solo corazón, una sola alma, una comunidad en la que nadie llama suyos a sus propios bienes, pues todo cuanto tienen lo disfrutan en común.

«He venido para que tengáis vida y la tengáis en abundancia.»

(Jn 10, 10) A la vida por la cruz. Extraña manera, pero la historia, esta historia de salvación, así ha sido. Para alumbrar una segunda creación, da Jesús cumplimiento, al principio de la nueva era, a las profecías de Isaías sobre el siervo de Dios. Ocho vidrieras narran diversos momentos de la pasión de Jesús, ya encaminándose al Padre.

La oración de Jesús en el huerto de Getsemaní, (Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,40-46) vidriera de Teodoro de Holanda. En el valle del Cedrón, al pie del monte de los Olivos, en una propiedad llamada Getsemaní, Jesús ora. La vidriera parece recoger el momento en que Jesús se dirige a su Padre diciéndole: ¡Abbá, Padre! Aparta de mí este cáliz. Pedro con una espada y los dos hijos del Zebedeo, Santiago y Juan duermen; no han podido velar ni siquiera una hora.

En El prendimiento de Jesús —vidriera de Teodoro de Holanda— se representa el momento en que Judas besa a Jesús rodeado de soldados, con lanzas y antorchas. (Mt 26,4751; Mc 22,47-53; Jn 18,2-12). Pedro, en primer plano, blande su espada contra un siervo del Sumo Sacerdote a quien corta la oreja.

Sigue la narración con otras dos vidrieras de Teodoro de Holanda. La flagelación de Jesús o Cristo a la columna ocurre en un recinto con columnas a una de las cuales está atado Jesús, cuyas vestiduras están a sus pies. Es la decisión de Pilato que suelta a Barrabás y entrega a Jesús para que fuera crucificado, después de azotarle según la costumbre romana (Mt 27,27-31; Mc 15,15-20; Jn 19,1-3).


En La coronación de espinas (Mt 27,29) aparece sentado Jesús con manto de púrpura rodeado por toda la cohorte del procurador. En vez de la caña evangélica Jesús tiene entre sus manos un ramo verde. Dos sayones golpean con cañas la cabeza de Jesús. El fondo arquitectónico con arcos y columnas evoca el interior del pretorio.
Prosigue el relato. Tras la flagelación y coronación de espinas, Pilato toma a Jesús, coronado de espinas y vestido con manto de púrpura, y se dirige a los sumos sacerdotes diciéndoles: Aquí tenéis al hombre. Cuando le vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: ¡Crucifícale, Crucificale! (Mt 27,23).

En el fondo de esta vidriera, Ecce Homo, Teodoro de Holanda ya presagia la crucifixión con dos cruces de tipo tau.

Condenado, Jesús emprende su último camino. Relata este hecho Juan del Campo en la vidriera: Jesús con la cruz a cuestas recordando la narración evangélica: Tomaron, pues, a Jesús, y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota (Jn 19,16-17). Bajo la cruz en forma de tau Jesús soporta una patada de uno de los sayones, es arrastrado por otro, y un tercero hace sonar una trompeta. Sólo uno de los personajes de la escena está de parte de Jesús: Simón de Cirene, con abundante barba blanca, ayuda a Jesús a soportar el pesado de la cruz.

Termina el relato del ciclo de la pasión con dos últimas vidrieras, ambas obras de Juan del Campo: La crucifixión de Jesús (Mt 27,32-44; Mc 15,21-32; Lc 23,26-43; Jn 19,16-24) y El descendimiento de la cruz ( Mt 27,57-61; Mc 15,42-47; Lc 23,40-56; Jn 19,38-42).

La escena de La crucifixión de Jesús, aunque representa sólo a dos mujeres y un varón, parece inspirarse en el relato del cuarto evangelio: Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. En abreviatura el texto latino de la inscripción de la cruz; sobre su brazos las dos lumbreras mayores: la lumbrera grande para el dominio del día y la lumbrera pequeña para dominio de la noche. Todo el conjunto afirma la nueva creación y la nueva Eva.

El hecho de El descendimiento de la cruz es narrado por los evangelistas Marcos y Lucas. José de Arimatea, hombre bueno y justo, recibe el cuerpo de Jesús desprendidocon mimo de la cruz. María, sobre el suelo, es sujetada por Juan. Después de descolgarlo, lo envolvió en una sábana y lo puso en un sepulcro excavado en la roca en el que nadie había sido puesto todavía. El profeta Isaías (53,4-6), en su poema sobre el Siervo de Yavé, profetizó:

Fue el Siervo de Yahwéh quien soportó nuestros sufrimientos. Fue el Siervo de Yahwéh quien cargó con nuestros dolores; él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz. Y Yahvéh descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Yahwéh cargó sobre él todas nuestras iniquidades.

«A la salida del sol»

Y continúa esta historia de salvación con dos momentos gloriosos; otro par de vidrieras de Juan del Campo se hacen eco de lo inesperado: La resurrección del Señor Jesús (Mc 16,14; Lc 24,36-45; Jn 20,19-25) y La aparición del Señor Jesús a María Magdalena (Lc 24,10; Jn 20,11-18). Del sentido pascual de las primeras comunidades cristianas hay múltiples testimonios; en una homilía del siglo II leemos:

¡Oh Pascua, fiesta común del mundo entero! Tú proclamas al universo el designio del Padre, anuncias la aurora divina de la llegada de Cristo que ilumina a los hombres; tú eres la fiesta eterna de los ángeles y de los arcángeles, tú la vida inmortal del mundo entero, tú la destrucción definitiva de la muerte y el comienzo de nuestra salvación. Tú eres el elemento incorruptible de los hombres, la mano que nos inicia en los misterios de la antigua alianza y de la alianza nueva que, ya en la tierra, contemplan nuestros ojos y que en el cielo comprenderán los que aceptaron el anuncio de la palabra de Dios. ¡Oh misteriosa largueza! ¡Oh fiesta del Espíritu! ¡Oh Pascua divina que nos traes a Dios, que baja del cielo a la tierra y de la tierra asciende nuevamente al cielo! ¡Oh fiesta universal y nueva, regocijo del mundo, gozo del universo, honor, festín y delicias!

«…porque yo voy al Padre»

Así se lo manifiesta Jesús a sus discípulos y amigos en las palabras de despedida recogidas en el cuarto evangelio (Jn 14,12):

En verdad, en verdad os digo: Quien crea en mí, hará también las obras que yo hago, y las hará aún mayores, porque yo voy al Padre.

Terminan vida e historia de Jesucristo sobre esta tierra. Marcos (16,19-20) y Lucas, éste en sus dos libros (Lc 24,50-53; Act 1,1-14), relatan La ascensión del Señor Jesús, asunto de otra vidriera de Juan del Campo; el artista recoge el momento en que Jesús, ya sus pies despegados de la tierra, va desapareciendo de la vista de María y de los apóstoles, unos arrodillados, otros en pie. El clima de este acontecimiento histórico, celebrado anualmente, queda muy bien reflejado en las antífonas y responsorios de la celebración litúrgica:

Aleluya, a Cristo, el Señor, que asciende al cielo, venid, adorémosle, aleluya. Cantad a Dios, todos en su nombre, alfombrad el camino del que asciende sobre las nubes. Subiste a la cumbre llevando cautivos, aleluya.